Juan Arolas, poemas


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Juan Arolas



TROVADORES PROVENZALES

Plácenme historias pasadas
De andante caballería
Y en ser las noches llegadas
Olvidar penas del día
Con los cuentos de las hadas

Y luego en lecho de flores,
Si las hadas me dejaron,
Ir soñando los amores
Que tuvieron y cantaron
Los antiguos trovadores.

Ver a Arnaldo y su querida
Siempre a sus finezas dura
Mientras él nunca la olvida,
Mientras canta su ternura
Con su letra muy sentida:

Y a Rambaldo generoso
Que manifiesta a su dama,
Por tímido y receloso,
Lo violento de su llama
Con un ardid ingenioso.

Ver las gracias y embeleso
De la esposa de Imberal
Y aquel amoroso exceso
De aquel Pedro de Vidal
Que dormida le dio un beso;

Que luego fue desterrado,
Mas por ser su suerte rara,
De la hermosa perdonado
Vino a recibir de grado
Lo que a fuerza se tomara.

¡Cómo es triste de escuchar
Aquella canción de amor
Que muerte vino a causar
Poco después de cantar
A su mismo trovador!

«Aquel dulce pensamiento
»Que de vos amor me envía
»Díctame cada momento
»Versos que me dan contento,
»Señora del alma mía.»

¡Ah, Guillermo... tu canción
No la oyera, por los cielos,
Con bárbara indignación
Y ardiendo en rabiosos celos
Raimundo de Rosellón,

Que el corazón te arrancó
Con el pérfido puñal
Y en un festín lo alargó
Sobre un plato de metal
A su esposa que te amó.

Que ella y tú fueseis yuntados
Bajo losas funerarias
Quisieron después los hados
Y que los enamorados
Os dijesen sus plegarias.

¡Cuán bellos mis sueños son...!
¡Con cuán mágicas pinturas
Me presenta la ilusión
Tus amores y aventuras,
Guillermo de Balaón...!

Que con extraño placer
Aparentabas reñir
Y a tu dama aborrecer
Por el gusto de volver
Las voluntades a unir.

Mas no anduviste advertido
cual fue razón anduvieras
Por no verte aborrecido,
Cuando tu desdén fingido
Te valió un desdén de veras.

Y para darte el perdón
Mandó tu cruel señora
Que una uña de raigón
Te arrancases en mal hora
Del dedo del corazón.

También es bello soñar
Al que sin ver a su dama,
Llegándose a enamorar
Por las nuevas de la fama,
Quiso verla y surcó el mar.

Y en traje de peregrino
Tan dulce cántico hacía,
Que en medio la mar bravía
Lamentando su destino
Los delfines atraía.

«Amor de tierra lejana,
»Por ti mi carne mezquina
»Toda está enferma y se afana
»Sin encontrar medicina
»Que la pueda poner sana.»

Lejos de nativa playa
La muerte fuiste a buscar,
Mísero Rudel de Blaya,
Tan delicado en amar,
Tan docto en la ciencia gaya.

Muy hermoso es recordar
A don Pedro de Aragón,
A Failit de Belostar
y Hugo, que por afición
Fue trovador y juglar;

Y aquellas dulces tensones
Llenas de amorosas sales,
Serventesios y canciones
Y aquellos juegos florales
Con premios y distinciones.

Las damas que presidían
Las cuestiones ingeniosas
Que a los vates proponían
Y las letras y las glosas
Que cantaban y leían...

Plácenme historias pasadas
De andante caballería
Y en ser las noches llegadas
Olvidar penas del día
Con los cuentos de las hadas

Y luego en lecho de flores,
Si las hadas me dejaron,
Ir soñando los amores
Que tuvieron y cantaron
Los antiguos trovadores.

 

EL CERCO DE ZAMORA

(Romance histórico)

1

Contra todo ardid guerrero
Zamora está bien sentada:
De un cabo la corre Duero,
Del otro Peña Tajada.

La ciñen a la redonda
Unas torres muy espesas,
Muro fuerte y cava fonda
Con sus barbacanas gruesas.

Y al verla con tal muralla
No hay cristiano ni agareno
Que la quiera dar batalla
Ni embestirla en su terreno.

De su padre en rico don
Doña Urraca la tuviera
En aquella partición
Que de sus reinos hiciera;

Mas don Sancho de Castilla,
Que anhela mayor estado,
Siempre tuvo por mancilla
Ver su imperio desmembrado;

Ver saltar del cetro e oro
Joyas que de estima son:
Galicia, Zamora, Toro,
Con Asturias y León,

Y que, siendo el heredero
De sitios fuertes y llanos,
Pierda de su haber y fuero
Por la pro de sus hermanos.

Traspasar la jura quiso
Que hiciera no de buen grado:
Puesto en armas de improviso
Sus huestes llamó a su lado

Y lidió con tal fortuna
Que en hierros puso a García
En el castillo de Luna
Y a don Alfonso en Mongía.

Era Sancho tan gamón
Que las barbas le apuntaban;
Pero en bravo corazón
Pocos hombres le igualaban.

Al Duero va sin demora,
De Safagún fuerzas saca,
pues suspira por Zamora
Que conserva doña Urraca

Y pasa ya las orillas
Del murmurador raudal
Que besa flores sencillas
Con los labios de cristal.

Al instante cabalgara
Con el Cid campeador
Y Diego Ordóñez de Lara
De Zamora en derredor.

Luce galas muy ufanas
El de Vibar, buen jinete,
Con espuelas italianas
Doradas y de rodete

Y a los rayos encendidos
Del sol brillan los metales
De los arneses febridos
De sus piernas y brazales.

Penacho de blanca pluma
Sobre el yelmo se desmaya
Como la nevada espuma
Sobre la tendida playa

Y revelan las labores
Del follaje en su gorguera
Las manos y los amores
De la hermosa que venera.

Su trotón es alazán,
Nariz ancha, vela enhiesta,
Con ímpetus de volcán
Cuando a reventar se apresta.

El Rey, sobre su armadura
Rica veste desplegando,
Cabalga con apostura
Siempre a la ciudad mirando.

Su cuadrúpedo violento,
Que frenos de plata muerde,
Lleva fino paramento
De damasco azul y verde.

Con cortapisa preciosa
De unas martas cebellinas:
Es negro, cerviz hermosa;
Por crin tiene sedas finas.

Cubierto de limpio acero
El de Lara lozanea
Dando riendas a un overo
Que el viento beber desea.

Los tres miran larga pieza,
Como de común intento,
La ciudad, su fortaleza,
Las murallas y su asiento.

Sus puertas están cerradas
A enemigos tan cercanos
Y sus torres coronadas
De valientes zamoranos

Que fieles a sus pendones
Forman las segundas vallas
Con pechos y corazones
Encima de las murallas.

Al volver para sus tiendas
Tuvieron tal razonar,
Deteniendo ambos las rienda,
Don Sancho y el de Vibar:

«-Vedes, Cid, cómo es muy fuerte
Contra toda hostil hazaña;
Si la hubiese por mi suerte
Sería señor de España.

»Conmigo deudos habedes,
Pues mi padre os dio crianza
Y os acrezco las mercedes
Cuanto mi poder alcanza.

»Vos di más que un gran condado
Por vuestro merecimiento
Y el mayor sois a mi lado
De mi casa e valimiento.

»Vos quiero rogar agora
Cabalguéis de buena gana,
Que vayades a Zamora
A doña Urraca mi hermana;

»Digades que he de servilla
Con mi hacienda y mi poder;
Pero que me dé la villa
O por cambio o por haber;

»Que he de darla en este trueco,
Como cumple a mi largueza,
A Medina de Rioseco
Con Tiedra que es fortaleza;

»E si no quiere otorgarla
Tengo huestes aguerridas
Y por fuerza he de tomarla
Con ingeños e bastidas.»

-«Señor, con ese mandado
Que vaya otro mensajero
Ca de Urraca fui criado
Y a mi honor no es cumplidero.»

-«Si no la recabáis vos,
Que no conocéis segundo,
No la espero, vive Dios,
De ningún home del mundo.

»Catad que de honor no es ley
Ni caballerosa fama
Con desaguisado al rey
Complacer a alguna dama.»

-«¡Harto ingrato fui a su amor
Con desaire y con desdén!
¡Fuérale tal vez mejor
Amar a quien ama bien!

»Que ella me calzó la espuela
Y adornando mi persona,
Diome el casco y la rodela
Y ciñóme mi tizona.

»Si las lides me llamaban
Las lágrimas le salían
Y del corazón manaban,
Que la faz le escandecían.

»Puesta la rodilla en tierra
Pedía gimiendo a Dios
Que si yo finaba en guerra
Que finásemos los dos.

»Y facía su oración
Con suspiros y con lloros
Guardando mi corazón
De las lanzas de los moros.

»No esperaba tanta pena
Ni mereció por castigo
Que los brazos de Jimena
Le robasen a Rodrigo.»

«Non curedes vos del duelo
Que hagan melindrosas dueñas;
Curad de allanar el suelo
Que no acata mis enseñas.

»Curad que vuesa loriga,
Que nunca pudo bollar
Flecha ni lanza enemiga
En combate singular,

»De su temple tan seguro
No venga a desmerecer
De Zamora bajo el muro
Por lágrimas de mujer.»

-«Vos sabréis que no falsea
Los temples de mi armadura
Ni el bote de la pelea
Ni el ruego de la hermosura.

»Me es ingrata tal misión,
Pero tanto me afincáis
Que, infiel a mi corazón,
Cumpliré lo que mandáis.»

Calló el Cid que reprimía
Con suspiros el afán,
Pues al rostro le salía
Todo el interior volcán.

Veloz como el pensamiento
Para Zamora partió
Y cuando al altivo asiento
De sus murallas llegó

De su corcel los ardores
Enfrenó y la furia inquieta
Rogando a los defensores
No tirasen de saeta;

Que venía de embajada,
No de guerra ni de engaño,
Y entonces se le dio entrada
Sin que recibiera daño.

2

Por la muerte tan sentida
De su padre don Fernando
De negro monjil vestida,
Negro estrado está ocupando

Doña Urraca, cuyos ojos
Son dos piras de dolor
A los fúnebres despojos
De su Rey y su señor.

A su lado con respeto
Arias Gonzalo se ve,
Caballero muy discreto,
Sin par en virtud y fe,

Previsor y derechero,
De sano consejo y brío,
Que a nadie quebranta fuero
Ni traspasa señorío.

Al estrado se adelanta
El de Vibar con mesura
Y apenas lo ve la Infanta
Cuando a limpiar se apresura

Con un finísimo holán
Las lágrimas indiscretas
Que por sus mejillas van
A decir cosas secretas.

Dala el Cid salutación
Y a don Arias juntamente
Y expone su comisión
Añadiendo reverente:

-«Porque yo a mi Rey venero,
Vine con mensaje tal;
Las cartas y el mandadero
Libres son de sufrir mal.»

Atenta escuchó la Infanta
Y la voz casi añudada
Desató de su garganta
Respondiendo a la embajada:

-«Mezquina de mí... ¿qué haré
Si al rigor de tantos males
En mi sangre no hallo fe
Ni piedad en los mortales?

»¡Rey don Sancho! ¿Qué decoro
Te has podido prometer
De dejar en paz al moro
Por dar guerra a una mujer?

»¡Rey don Sancho! ¿Qué laureles
Busca tu furor insano?
¿Que escarnezcan los infieles
Los dolores del cristiano?

»¿Que en Toledo Alimaymón
Tenga zambras y festines
Porque nuestra destrucción
Le conserva los confines?

»Parar mientes te cumplía
Que en negra ambición no hay prez,
Que usurpar es tiranía,
Que Dios ha de ser tu juez.

»Padeciendo mil destierros
Alfonso entre infieles mora
Y a García pones hierro
Y me pides a Zamora.

»¡Cuitada de mí! ¿qué haré?
¿Quién me salva, quién me abona,
Si Rodrigo, a quien amé,
Me desprecia y abandona?

»No esperaba yo tal pago
De la vuestra cortesía
Cuando sin dolor aciago
Gocé vuestra compañía.

»Yo vuestro dormir guardaba,
Vuestro amor fue mi contento,
La vida que respiraba
Recibí de vuestro aliento;

»Vuestro tálamo quería,
Feliz me juzgué entre todas
Y era un cielo de alegría
La esperanza de mis bodas.

»Mas caí del grato Edén
De tanto favor y gloria
En infierno del desdén
Con mi engaño en la memoria.»

-«Señora, respondió el Cid,
Como bueno sirvo al Rey
En las paces y en la lid,
Que ésta siempre fue mi ley.

»La respuesta me dictad
Cual os aplazca mejor
Y a otros tiempos reservad
Querellas de vuestro amor.»

Don Arias alzóse entonces
Al ver de la Infanta el duelo
Que ablandaba duros bronces
Y contestó en su consuelo:

-«La triste experiencia enseña
Sin misterio y sin arcano
Que aquel que nos cerca en peña
no nos quiere dar lo llano.

»Le diréis al que os mandó
Que hay valientes en Zamora
Que responden con un no
Defendiendo a su señora,

»Y que anhelan la ocasión
De dar de su fe probanza
Con sangre del corazón
Uno a uno lanza a lanza;

»Que si piensa intimidallos
Con un cerco grave y lento
Tienen mulos y caballos
Que les sirvan de alimento

»Y antes que entregar los muros
Con mengua de sus deberes
Contra sus entrañas duros
Comerán a sus mujeres;

»Que doña Urraca desdeña
Todo cambio con su hermano,
Que aquel que la cerca en peña
Mal querrá darla lo llano.»

Mal pagado y satisfecho
Despidióse el Campeador
Partiendo a contar el fecho
A don Sancho su señor.

Sañudo el Rey le escuchaba
Cuando el caso refería;
De corazón le pesaba
Tan triste mensajería

Y exclamó: «Mal me pagasteis,
Que vos amáis a mi hermana
Pues con ella vos criasteis
Y a lo que queréis se allana.

»Vos la aconsejasteis mal;
Debo castigaros, Cid;
Yo no puedo facer al;
De mi reino vos salid.»

El Campo dejó Rodrigo
Respirando enojos fieros
Y al partir llevó consigo
Mi doscientos caballeros

Que tenía por vasallos
Y eran siempre los mejores
Por sus lanzas y caballos,
Ardidos y lidiadores.

Al campo nunca volviera
Si don Sancho, arrepentido
Por el daño que temiera
De aquel león ofendido,

Su amistad y compañía
con sus cartas no pidiese
Haciendo la pleitesía
Que más al Cid le pluguiese.

3

En la hueste sitiadora
Pregónase que aguisados
Para dar contra Zamora
Estén todos los soldados.

Lo combaten reciamente
Por tres noches y tres días;
No hay ardid que no se invente,
Se renuevan las porfías.

Las cavas ya quedan llanas,
De cadáveres cubiertas,
Desploman las barbacanas,
Tiemblan las ferradas puertas

Y doblando crudamente
Sus intrépidos ardores
Se fieren a manteniente
Sitiados y sitiadores.

Tintas de sangre a fondón
Corren las aguas del Duero,
Que no hay golpe sin lesión
Ni amago sin golpe fiero.

Viendo el Rey la lid osada
Y pérdida lastimera
De su gente maltratada,
Mandó se quitase afuera.

A Zamora en derredor
puso cerco, pues creía
Que si no cedió al valor
Por hambre la ganaría.

4

De la ciudad sale huyendo
Un hombre traidor y malo
Y le vienen persiguiendo
Los hijos de don Gonzalo;

Que su padre denostó
Mancillando su lealtad
Que al sol que la iluminó
Disputa su claridad.

Vellido Dolfos se llama
Y al Rey se acoge por fin,
sus manos besa y exclama
Como falsario y malsín:

-»Señor, yo dije al concejo
Que os diese la fortaleza:
Don Arias, astuto viejo,
Se me opuso con fiereza

»Y sus hijos me mataran,
Que tras mí vinieron dos,
Si en la fuga me alcanzaran
Antes de acogerme a vos.

»Recibid si anheláis prez
Al que protección implora,
Que yo os mostraré tal vez
Cómo hayades a Zamora.»

El Rey se le mostró grato
colmándole de bondades
Y fabló con él gran rato
De todas sus poridades.

Solos los dos cabalgaron
Al lucir la nueva aurora
Y sus cavas registraron
Y dieron vuelta a Zamora.

Con disfraz de buen amigo
El mayor de los villanos
Mostró a don Sancho el postigo
Que llaman de los Cambranos.

Dijo que al llegar la noche,
Con algunos caballeros
Muy fieles y sin reproche
Armados con sus aceros

Por aquel postigo estrecho
Que abierto siempre dejaban
Entraría satisfecho,
Pues los que de guardia estaban

De hambre y laceria morían
Y al choque sin hacer frente
Las puertas les cederían
Para recibir la gente

Por la ribera del Duero
Don Sancho se asolazaba,
Bajó del corcel ligero
Y un venablo que llevaba

A Dolfos lo quiso dar,
Pues se apartó por facer
Lo que no puede excusar
Ningún hombre ni mujer.

Y Vellido, que lo vio
Sin defensa en guisa tal,
El venablo le arrojó
Con furia tan infernal

Que las espaldas llagando
Con honda y cruel herida
Pasó el tronco y fue buscando
Por los pechos la salida.

El traidor riendas volvió
Con las atrevidas manos
Y al postigo cabalgó
Que llaman de los Cambranos.

Viéndolo escapar el Cid
Sospechó su alevosía:
Temió algún infausto ardid
Contra el Rey a quien servía

Y su caballo pidió,
Pidió lanza y se la dan;
Mas la espuela no calzó
Con la prisa y el afán.

Alongósele el traidor
Aguijando su corcel
Y exclamó el Campeador
Con ansia y dolor crüel:

«Este día es el primero
Que dejó de estar en vela;
¡Maldito es el caballero
Que cabalga sin espuela!»

5

¡Río Duero! Tú murmuras,
Tus aguas van acrecidas,
Tus flores bellas y puras
Están mustias y caídas.

Ya mezclaste en tu raudal
Sangre que vertió el valor
Y hoy recibe tu cristal
Las lágrimas del dolor.

Hoy lloran los castellanos
De su Rey la infausta suerte
Culpando a los zamoranos
De tan alevosa muerte.

Tus aguas turbias se ven:
Das murmullo lastimero,
Que tal vez lloras también,
Río Duero, río Duero.

De Zamora al pie del muro
Don Diego Ordóñez de Lara
Después que pidió seguro
Adargándose la cara

Dijo a Gonzalo y sus hijos
Que en las almenas estaban
Y que con los ojos fijos
Muy atentos le observaban:

-«Los de Castilla han perdido
A su Rey y su señor:
Matóle Dolfos Vellido,
Matóle como traidor

»Y en la villa le acogisteis
Y a Dios pongo por testigo
Que traidores también fuisteis
Y por ende vos lo digo;

»Que de traición sabéis
Y traición consentís
Y al traidor que conocéis
En los muertos encubrís.

»Por tan gran maldad y tuerto
Yo riepto a los de Zamora
Tanto al vivo como al muerto
Y al que ha de nacer agora.

»Riepto a cuantos ahí fueren
De toda edad y destino,
Riepto el agua que bebieren,
Riéptoles el pan y el vino.

»Y si alguno se opusiere
Negando mi razonar
Cómo y cuando le pluguiere
Se lo tengo de lidiar.»

Don Arias le respondió:
-«No hubiera de ser nacido
Si cual tú dices soy yo;
Mas no rieptas de entendido,

»Pues no han culpa los pequeños
De lo que los grandes hacen
Ni los muertos en sus sueños
Ni aquellos que agora nacen.

»Que mientes yo te lo digo
Y miente quien te apoyare
Y yo lidiaré contigo
O te daré quien lidiare.»

Esto dijo el buen anciano
Y a la lid se preparaba,
Que aunque su cabello cano
Su cabeza plateaba,

De molesta senectud
Non curó las graves penas
Y el fuego de juventud
Se encendió en heladas venas.

 

DON ALFONSO Y LA HERMOSA ZAIDA

Con viento murmurador
La noche obscura cerraba
Cuando en busca de su amor
Don Alfonso cabalgaba
Con el Cid campeador.

Monta el rey un alazán
Cuyas crines prolongadas
Parece que a besar van
Las estriberas doradas
Do los regios pies están.

Lleva en la cuja la lanza
Y el escudo en el arzón
Y a medio galope avanza,
Que inquietan su corazón
El amor y la esperanza.

Gobierna un caballo el Cid
Tan veloz como el deseo,
Digno del noble adalid,
Tan galán en el paseo
Como feroz en la lid.

Por él Aliatar daría.
Para lucirse en el coso
No sólo su yegua pía,
Que es un animal brioso,
Sino también su alcaidía.

Lleva pretal de cadena
De malla los paramentos,
Su ferrado casco suena,
Bebe los helados vientos
Y ellos rizan su melena.

De una labor peregrina
Viste el gallardo jinete
Delicada jacerina
Y un airón sobre el almete
Con plumas gualdas se inclina.

Tiene la lanza enristrada,
Lanza de filos certeros,
Porque teme una celada,
Pues los moros son arteros
Y la noche va enlutada.

Junto a Ocaña, hermosa villa,
Dio la cita en un vergel
Al Rey noble de Castina
La Zaida, que es hija fiel
Del rey moro de Sevilla.

Es muy garrida la mora,
Con los labios de coral,
De una tez que se colora,
De alto seno virginal
Que si suspira enamora.

Rodea sus sienes bellas
Un almaizar turquí
Sembrado todo de estrellas
Y en cada estrella un rubí
Que da brillo en medio de ellas.

Delicado faldellín
Se desprende hasta su pie
Prisionero de un chapín
Que guarnecido se ve
De perlas de Comorín.

La marlota es de brocado
Con galana pedrería
Y el apretador leonado
De costosa argentería
Cada extremo recamado.

Con Rodrigo de Vivar
Llega el Monarca dichoso
Al encantado lugar
Y con ademán brioso
Descabalgan a la par.

Y mientras al tronco atados
Con rienda corta y segura
Los corceles regalados
Muerden la corteza dura
De dos sauces inclinados,

Conducidos de un doncel
Al retrete de la dama
Cruzan el ancho vergel
El Rey que en amor se inflama
Y el Cid que le sigue fiel.

Zayda recibe a su amado:
Sus ojos en tal momento
Viendo al Rey tan fatigado,
Llenos de agradecimiento
Con rubor se han humillado.

El retrete los jazmines
Respiraba y los amores,
Edén de los serafines
Con hermosos miradores
A los plácidos jardines.

Tiene marfiles labrados,
Alcatifas, otomanas,
Pebeteros delicados,
Sedas, muselinas, granas,
Ámbar, perlas y brocados.

¡Cuánto amor allí escuchó
La noche que se acababa!
¡Cuántos suspiros llevó
La brisa que refrescaba
Y en las rosas los dejó...!

Al despedirse dijera
Don Alfonso al Cid. -«Catad
»Que Zayda es muy hechicera,
»Yo la hago reina en verdad
»Como ser mi esposa quiera.»

Rodrigo le respondió:
-«¿Qué han de decir los prelados?
»Si Zayda mora nació
»Non podéis ser ayuntados
»Ca la ley lo prohibió.»

Repuso el, Rey: -«Lo veremos;
»Todo lo puede el amor:
»Cristiana la tornaremos
»Y se llamará Leonor...;
»Pero es tarde, cabalguemos.»

 

CEREMONIAL CABALLERESCO

De este modo fabla el Cid
Con Ordoño, que desea
Ser armado caballero
Y acabar grandes empresas:

«Veladas serán las armas
»Por vos una noche entera,
»Que a tan noble profesión
»Da principio estar de vela:

»Velaréis en lugar santo,
Porque la mayor defensa
De cristianos caballeros
Son las armas de la iglesia:

»Colgaréis en un altar
»Todo el arnés con sus piezas,
»A saber: el bacinete
»Con guardapapo y babera,

»Los fuertes espaldarones,
»Los bracerales y hombreras
»Junto con los pancerales
»Y grebones de las piernas,

»Sin que os olvidéis, doncel,
»Ni de los corvales de ellas
»Ni de la bruñida espada,
»Ni de la dorada espuela.

»Brillando la hermosa luz
»Al templo el obispo venga
»Con calonjes y arciprestes
»Vestidos de ricas sedas;

»Ca debe dar bendición
»A las armaduras vuestras,
»Decir misa, comulgarvos
»Y después de esta facienda

»Con el su santo misal
»Daros en última oferta
»Retorno de bendiciones
»Que son celestiales prendas.

»En seguida a mi me toca
»Fablaros de esta manera:
»Doncel, escuchad qué cosa
»La caballería sea.

»La caballería dice
»Lustre, honor, lauro, nobleza;
»Home noble no hace tuerto
»Ni de burlas, ni de veras.

»Jurad cumplir y guardar
»Estos votos y promesas:
»Que amaredes al gran Dios
»Que nos cría y nos conserva,

»Que su ley no negaredes
»Y que moriréis en ella,
»Que a vuestro rey serviréis
»Y al que en pos derecho tenga,

»Que non llevaredes sueldo,
»Sin pedirle la licencia,
»De otro rey ni de home rico
»De otra bandería o secta:

»Que cuando fallado fuereis
»En las lides y en las bregas
»Antes que fuyades vos
»Fincaréis muerto en la tierra;

»Que seades el amparo
»De las viudas y doncellas
»Y de injustas demasías
»Las venguéis a viva fuerza;

»Que en los vuesos razonares
»Non mostredes la soberbia
»Porque ser bien mesurados
»Es cosa que mejor sienta:

»Que a sacerdotes y ancianos
»Les catedes reverencia,
»Que a nadie retéis a tuerto,
»Que eso villanía fuera.

»Otrosí: que en las tres Pascuas
»Comulguéis en las iglesias
»Confesando los pecados
»Con propósito de enmienda.

»Vos lo Juraréis cumplir
»Sin faltar coma ni letra,
»Yo vos vestiré las armas
»Ya bendecidas y nuevas

»Y al darvos la pescozada
»Después de la espada puesta
»Vos, a guisa de vengarvos,
»Contra mí tiraréis de ella.»

De este modo fabló el Cid
Con Ordoño, que desea
Ser armado caballero
Y acabar grandes empresas.

 

LEYENDA DEL CID

Non oléis a almizcle...

Por esposas han pedido
Los Infantes de Carrión
Las buenas hijas del Cid
Que es el gran batallador.

En Valencia, en aquel templo
Que al principio se llamó
«María de las Virtudes»
Y es de San Esteban hoy,

De Gerónimo el obispo
Recibieron bendición
Con don Diego y don Fernando
Doña Elvira y doña Sol.

Tuvo pláticas frecuentes
El Cid y en sus yernos vio
Con costumbres amenguadas
Insufrible presunción.

Pasados dos años fueron
Cuando el rey Búcar llegó
Con mil fustas por la mar
Tremolando su pendón:

Que su hermano fue vencido
Y si del cristiano huyó
Con más pausa le mataron
Los puñales del dolor:

Ha jurado por Mahoma
Guerra y esterminio atroz
Contra el suelo de las flores
Y Rui Díaz su Señor.

Con la nueva de la flota,
Con ricos hombres de pro
Hubo consejo el buen Cid
Cómo haberse en tal sazón

Y en su escaño de marfil,
De riquísima labor,
Que fue de Juñes Rey Moro,
Muy tranquilo se adurmió.

En la misma sala estaban
Los infantes de Carrión
Y con juego de ajedrez
Se entretenían los dos;

Cuando de Improviso vieron
Delante de sí un león
Que por descuido del guarda
De su jaula se soltó.

Los que el juego presenciaban
Con impávido valor
Luego embrazaron sus mantos
Y del Cid en derredor

Sendas espadas sacaron
Que la fiera respetó,
Deslumbrada por encanto
De su súbito fulgor.

Turbáronse los infantes;
Don Diego se colocó
Bajo el escaño del Cid
Con un pánico terror:

Por los largos corredores
Fernando se fue veloz
Y al corral de las basuras
Confuso asaz se arrojó.

Dispertóse con los gritos
Y bulla el Campeador
Y viendo ante sí la fiera
Diole una terrible voz:

Del cerro de su pescuezo
Prontamente la tomó
Y encerrada se la deja
De la jaula en la prisión.

Al punto a Fernán González
A su presencia llamó
Y le dijo: Recobraos,
Non saltéis otra vez, no:

Procurad tener, mi yerno,
Más fuego en el corazón;
Non fuyáis, que aquesta vez
Non oléis a almizcle vos.

 

A MÁS MOROS, MÁS GANANCIA

De todo bastecimiento
Valencia se proveyó,
Juntamente sus castillos
Que Játiva y Chelva son

Con Peñáguila y Paterna
Y Murviedro, que es mejor
Por sus aguerridas huestes
Y elevada situación.

En la llanura de Cuarte
Sus Reales asentó
El moro Búcar, sus tiendas
Y su regio pabellón.

A la torre del alcázar
A Jimena el Cid subió,
La que viendo tantas tiendas
De tal lujo y tal valor,

Tantos corceles de guerra,
Tanto jinete y peón,
Abatida en su flaqueza
Daba indicios de temor;

Hasta que esforzóla el Cid
Y en esta guisa le habló:
Cuantos más moros veáis,
Más ganancia tengo yo.

Contra la chusma de Agar,
Brillando el primer albor,
Puesto el rendaje a Babieca
El noble Cid cabalgó

Y en las impuras mesnadas
Puso tanta confusión,
Hizo brillar su tizona
Y tan gran rebato dio,

Que doce mil fueron muertos
Y se vieron en prisión
Diez y siete Reyes moros;
Solo Búcar se salvó.

Después de tan fausta empresa,
Los infantes de Carrión
Que hubieron coraje al Cid,
Pues juzgaron que amañó

Por mengua y oprobio suyos
Aquel paso del león,
Partieron con sus mujeres
Y ciegos en su furor

Las azotaron vilmente
Con bárbara indignación
En los Robledos de Torpes,
(Nombre que el desmán dictó).

Por pena del desacato
Diéronse a confiscación
Los bienes de los infantes
Y don Alonso mandó

Que el conde de Portugal
Y el de Tolosa, en unión
Con los grandes de Castilla,
Castigasen tal baldón.

Por ende se hizo el cantar
Que en este modo empezó:
«Tres Cortes hace el buen Rey»,
«Todas tres a una sazón.»

 

VENCEDOR DESPUÉS DE MUERTO

Un lustro gozara el Cid
De sus lauros el honor.
Ocupando su vejez
En servir y orar a Dios:

Entonces le fueron nuevas
De la grande expedición
De treinta y seis Reyes moros
Que el Rey Búcar preparó.

Estuvo el Cid muchos días,
Entendiendo en oración
Y en visitar los altares
Con muchísimo fervor:

Calenturas le postraron
Y en ellas solo tomó
Mirra con agua rosada
Y un bálsamo que por don

Le remitiera el Soldán
Cuando el bélico rumor
De sus hechos y proezas
Por Egipto se esparció.

Consolado con los gustos
De una angélica visión
Cumplió el plazo de sus días
Y en su palacio espiró.

No se hizo llanto alguno
Ni triste demostración
Porque lo ignorase el moro
Que a la ciudad cerco dio.

Guardias y velas le hacían
Como vivo a su Señor
Los caballeros cristianos
En su cámara y salón.

Pasados seis días fueron
Y cuando el alba rayó
Salieron los de Valencia
Con sus haces en unión.

Iba el cuerpo del buen Cid
Con tal arte que admiró:
Muy religado a la silla
Encima de su trotón:

Con papeles plateados
La armadura se fingió;
Iba enhiesto, ojos abiertos,
Llevaba lanza y guión.

Con la bandera del Cid
Pero Bermúdez llevó
La primer haz esforzada
Y de ella marchan en pos

Acémilas con fardaje
Y un magnífico escuadrón
De quinientos caballeros,
Todos de fama y valor:

Seguía doña Jimena
Que adolorida lloró,
Con guerreros de alto nombre
Que eran la nata y la flor.

El cuerpo del noble Cid
La postrer haz resguardó
Y a su lado iba el obispo
Como buen padre y pastor.

Por la puerta de Roceros
Salieron y cual turbión
Dieron contra la morisma
Y un gran triunfo se logró:

Pasaron luego a Castina,
Llevando con devoción
A San Pedro de Cardeña
El cuerpo del Campeador.

Del cual se dijo esta vez
Con muchísima razón
Que venció después de muerto,
Vivo y muerto vencedor.