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José Cadalso y Vásquez,

poesias cortas

 


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José Cadalso y Vásquez

A la muerte de Filis

En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tiempo jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
mirad me compasivos,
ya la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.

 

 

 

A la peligrosa enfermedad de Filis

el campo está sin flores,
los pájaros no cantan,
los arroyos no corren,
no saltan los corderos,
no bailan los pastores,
los troncos no dan frutos,
los ecos no responden...
es que enfermó mi Filis
y está suspenso el orbe.

 

 

 

Al pintor que me ha de retratar...

Discípulo de Apeles, 
si tu pincel hermoso 
empleas por capricho 
en este feo rostro, 
no me pongas ceñudo, 
con iracundos ojos, 
en la diestra el estoque 
de Toledo famoso, 
y en la siniestra el freno 
de algún bélico monstruo, 
ardiente como el rayo, 
ligero como el soplo; 
ni en el pecho la insignia 
que en los siglos gloriosos 
alentaba a los nuestros, 
aterraba a los moros; 
ni cubras este cuerpo 
con militar adorno, 
metal de nuestras Indias, 
color azul y rojo; 
ni tampoco me pongas, 
con vanidad de docto, 
entre libros y planos, 
entre mapas y globos.

Reserva esta pintura 
para los nobles locos, 
que honores solicitan 
en los siglos remotos; 
a mí, que sólo aspiro 
a vivir con reposo 
de nuestra frágil vida 
estos instantes cortos 
la quietud de mi pecho 
representa en mi rostro, 
la alegría en la frente, 
en mis labios el gozo.

Cíñeme la cabeza 
con tomillo oloroso, 
con amoroso mirto, 
con pámpano beodo; 
el cabello esparcido, 
cubriéndome los hombros, 
y descubierto al aire 
el pecho bondadoso; 
en esta diestra un vaso 
muy grande, y lleno todo 
de jerezano néctar 
o de manchego mosto; 
en la siniestra un tirso, 
que es bacanal adorno 
y en postura de baile 
el cuerpo chico y gordo, 
o bien junto a mi Filis, 
con semblante amoroso, 
y en cadenas floridas 
prisionero dichoso. 

Retrátame, te pido, 
de este sencillo modo, 
y no de otra manera, 
si tu pincel hermoso 
empleas, por capricho, 
en este feo rostro.

 

 

 

Anacreóntica 

¿Quién es aquél que baja 
por aquella colina, 
la botella en la mano, 
en el rostro la risa, 
de pámpanos y hiedra 
la cabeza ceñida, 
cercado de zagales, 
rodeado de ninfas, 
que al son de los panderos 
dan voces de alegría, 
celebran sus hazañas, 
aplauden su venida? 
Sin duda será Baco, 
el padre de las viñas. 
Pues no, que es el poeta 
autor de esta letrilla. 

 

 

Epístola dedicada a Ortelio

Desde el centro de aquestas soledades, 
gratas al que conoce las verdades, 
gratas al que conoce los engaños 
del mundo, y aprovecha desengaños, 
te envío, amado Ortelio, fino amigo, 
mil pruebas del descanso que consigo. 

Ovidio en tristes metros se quejaba 
de que la suerte no le toleraba 
que al Tíber con sus obras se acercase, 
sino que al Ponto cruel le destinase; 
mas lo que de poeta me ha faltado 
para llegar de Ovidio a lo elevado, 
me sobra de filósofo, y pretendo 
tomar las cosas como van viniendo. 

Oh, ¡cómo extrañarás, cuando esto veas, 
y sólo bagatelas aquí leas, 
que yo criado en facultades serias, 
me aplique a tan ridículas materias! 
Ya arqueas, ya levantas esas cejas, 
ya el manuscrito de la mano dejas, 
¿por qué dejas los puntos importantes? 
y dices: «Por juguetes semejantes, 
¡No sé por qué capricho tú te olvidas 
materias tan sublimes y escogidas! 

¿Por qué no te dedicas, como es justo, 
a materias de más valor que gusto? 
Del público derecho, que estudiastes 
cuando tan sabias cortes visitastes; 
de la ciencia de Estado y los arcanos 
del interés de varios soberanos; 
en la ciencia moral, que al hombre enseña 
lo que en su obsequio la virtud empeña; 
de las guerreras artes que aprendistes 
cuando a campaña voluntario fuistes; 
de la ciencia de Euclides demostrable, 
de la física nueva deleitable, 
¿no fuera más del caso que pensaras 
en escribir aquello que notaras? 

¿Pero coplillas, y de amor? ¡Ay triste! 
Perdiste el poco seso que tuviste». 
¿Has dicho, Ortelio, ya cuanto, enfadado, 
quisiste a este pobre desterrado? 
Pues mira, ya con fresca y quieta flema 
te digo que prosigo con mi tema. 

De todas esas ciencias que refieres 
(y añade algunas otras si quisieres), 
yo no he sacado más que lo siguiente: 
escúchame, por Dios, atentamente; 
mas no, que más parece lo que digo 
relación, que no carta de un amigo. 
de todas las antiguas más hermosa, 
el primero dirá con claridades 
por qué dejé las altas facultades, 
y sólo al pasatiempo me dedico; 
que los leas despacio te suplico, 
y si conoces que razón me sobra, 
calla, y no juzgues que es tan necia mi obra. 

Pero si acaso omites este asunto, 
y la crítica pasas a otro punto, 
cual es el que contiene la obra mía 
faltas contra la buena poesía, 
Conozco tu razón, mas oye atento; 
con Ovidio respondo a tu argumento: 
Siqua meis fuerint, ut erunt, vitiosa libellis, 
Excusata suo tempore, lector, habe. 
Exul eram; requiesque mihi non fama petita est; 
Mens intenta suis ne foret usque malis. 

Significa (y perdona la osadía 
de interpretar de Ovidio la armonía, 
porque en la traducción es consiguiente 
que pierda la dulzura competente, 
como sucede a todos los autores 
en manos de mejores traductores): 
El tiempo en que esta obra yo compuse, 
las faltas que hallarás, lector, excuse. 
Quietud busqué, no fama, desterrado, 
por distraer a mi alma del cuidado. 

Adiós.

 

 

 

Letrilla satírica

Que dé la viuda un gemido 
por la muerte del marido, 
ya lo veo;

pero que ella no se ría 
si otro se ofrece en el día, 
no lo creo.

Que Cloris me diga a mí: 
«Sólo he de quererte a ti», 
ya lo veo;

pero que siquiera a ciento 
no haga el mismo cumplimiento, 
no lo creo.

Que los maridos celosos, 
sean más guardias que esposos, 
ya lo veo;

pero que estén las malvadas, 
por más guardias, más guardadas, 
no lo creo.

Que al ver de la boda el traje, 
la doncella el rostro baje, 
ya lo veo;

pero que al mismo momento 
no levante el pensamiento, 
no lo creo.

Que Celia tome el marido 
por sus padres escogido, 
ya lo veo;

pero que en el mismo instante 
ella no escoja el amante, 
no lo creo.

Que se ponga con primor 
Flora en el pecho una flor, 
ya lo veo;

pero que astucia no sea 
para que otra flor se vea, 
no lo creo.

Que en el templo de Cupido 
el incienso es permitido, 
ya lo veo;

pero que el incienso baste, 
sin que algún oro se gaste, 
no lo creo.

Que el marido a su mujer 
permita todo placer, 
ya lo veo;

pero que tan ciego sea, 
que lo que vemos no vea, 
no lo creo.

Que al marido de su madre 
todo niño llame padre, 
ya lo veo;

pero que él, por más cariño, 
pueda llamar hijo al niño, 
no lo creo.

Que Quevedo criticó 
con más sátira que yo, 
ya lo veo;

pero que mi musa calle 
porque más materia no halle, 
no lo creo.

 

 

 

Mientras vivió la dulce prenda mía...

Mientras vivió la dulce prenda mía,
Amor, sonoros versos me inspiraste; 
obedecí la ley que me dictaste 
y sus fuerzas me dio la poesía.

Mas, ¡ay!, que desde aquel aciago día
que me privó del bien que tú admiraste, 
al punto sin imperio en mí te hallaste 
y hallé falta de ardor a mi Talía.

Pues no borra su ley la Parca dura
-a quien el mismo Jove no resiste- 
olvido el Pindo y dejo la hermosura.

Y tú también de tu ambición desiste
y junto a Filis tengan sepultura 
tu flecha inútil y mi lira triste.

 

 

 

No basta que en su cueva se encadene...

No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento, 
ni que Neptuno mande a su elemento 
con el tridente azul que se serene,

ni que Amaltea el fértil campo llene
de fruta y flor, ni que con nuevo aliento 
al eco den las aves dulce acento, 
ni que el arroyo desatado suene.

En vano anuncias, verde primavera,
tu vuelta de los hombres deseada, 
triunfante del invierno triste y frío.

Muerta Filis, el orbe nada espera,
sino niebla espantosa, noche helada, 
sombras y sustos como el pecho mío.

 

 

 

Si el cielo está sin luces...

Si el cielo está sin luces,
el campo está sin flores,
los pájaros no cantan,
los arroyos no corren,
no saltan los corderos,
no bailan los pastores,
los troncos no dan frutos,
los ecos no responden...
es que enfermó mi Filis
y está suspenso el orbe.

 

 

 

Todo lo muda el tiempo, Filis mía...

Todo lo muda el tiempo, Filis mía,
todo cede al rigor de sus guadañas;
ya transforma los valles en montañas,
y apone un campo donde un mar había.

Él muda en noche opaca el claro día,
en fábulas pueriles las hazañas,
alcázares soberbios las cabañas,
y el juvenil ardor en vejez fría.

Doma el tiempo al caballo desbocado,
detiene al mar y viento enfurecido,
postra al lén y rinde al bravo toro.

Solo una cosa al tiempo denodado
ni cederá, ni cede, ni ha cedido,
y es el constante amor con que te adoro.