manosalarte.com

Carolina Coronado,

poesias cortas

 


PARA MANDAR VUESTRAS POESIAS PINCHA AQUI

0    1   2   3   4   5   6   7    8  9  10   11   12   13   14  15  16  20  21    24    Poesias cortas 2010    Poesias cortas 2010_2    Poesias cortas 2010_3
    Poesias cortas 2010_4    Poesias cortas 2010_5    Poesias cortas 2010_6   Poesias cortas_7    Poesias cortas_8    Poesias cortas_9    Poesias cortas_10    Poesias cortas_11    Poesias cortas_12    Poesias cortas_13    Pogsias cortas_14   Poesias cortas_15   Poesias cortas_16   Poesias cortas_17   Poesias largas   Videos de poesias cortas   Poeias Angelita    Poesias largas   Videos de poesias cortas   Poesias Angelita    poesias cortas_18   poesias cortas_19   poesias cortas_20   poesias cortas_21    Adivinanzas    Poetas y poesias dominicanos    poesias cortas 22    poesias cortas 23    Poemas desde New York   Dia del padre en los Estador Unidos  Dia Internacional de la amistad   Poesias de Navidad    Cuentos de Navidad    Poesias en Castellano       Poesias de Mexico       Poesias de Mexico       Poesias USA       Poesias de Canadá   

Volver a Inicio Home

Carolina Coronado

¡Ay! transportad mi corazón al cielo!

Ángeles peregrinos que habitáis
las moradas divinas del Oriente
y que mecidos sobre el claro ambiente
por los espacios del mortal vagáis.

A vosotros un alma enamorada
os pide sin cesar en su lamento
alas, para cruzar del firmamento
la senda de los aires azulada.

Veladme con la niebla temerosa
que por la noche ciega a los mortales,
y en vuestros puros brazos fraternales
llevadme allá donde mi bien reposa.

Conducidme hasta el sol donde se asienta
bajo el dosel de reluciente oro
el bien querido por quien tanto lloro,
genio de la pasión que me atormenta.

¡Ay! Transportad mi corazón al cielo,
y si os place después darme castigo,
destrozadme en los aires y bendigo
vuestra piedad y mi dichoso vuelo.

 

 


 

El amor de los amores

I
¿Cómo te llamaré para que entiendas 
que me dirijo a Ti, dulce amor mío, 
cuando lleguen al mundo las ofrendas 
que desde oculta soledad te envío?... 

A Ti, sin nombre para mí en la tierra, 
¿cómo te llamaré con aquel nombre, 
tan claro que no pueda ningún hombre 
confundirlo, al cruzar por esta sierra? 

¿Cómo sabrás que enamorada vivo 
siempre de Ti, que me lamento sola 
del Gévora que pasa fugitivo 
mirando relucir ola tras ola? 

Aquí estoy aguardando en una peña 
a que venga el que adora el alma mía; 
¿porqué no ha de venir, si es tan risueña 
la gruta que formé por si venía? 

¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales 
todos en flor, y acacias olorosas, 
y cayendo en el agua blancas rosas, 
y entre la espuma libros virginales? 

Y ¿por qué de mi vida has de esconderte? 
¿Por qué no has de venir si yo te llamo? 
¡Porque quiero mirarte, quiero verte 
y tengo que decirte que te amo! 

¿Quién nos ha de mirar por estas vegas, 
como vengas al pie de las encinas, 
si no hay más que palomas campesinas 
que están también con sus amores ciegas? 

Pero si quieres esperar la luna, 
escondida estaré en la zarza-rosa, 
y si vienes con planta cautelosa, 
no nos podrá seguir paloma alguna. 

Y no temas si alguna se despierta, 
que si te logro ver, de gozo muero, 
y aunque después lo cante al mundo entero, 
¿qué han de decir los vivos de una muerta?

 

 

La luna es una ausencia

Y tú, ¿quién eres de la noche errante
aparición que pasas silenciosa,
cruzando los espacios ondulante
tras los vapores de la nube acuosa?

negra la tierra, triste el firmamento,
ciegos mis ojos sin tu luz estaban,
y suspirando entre el oscuro viento
tenebrosos espíritus vagaban.

yo te aguardaba, y cuando vi tus rojos
perfiles asomar con lenta calma,
como tu rayo descendió a mis ojos,
tierna alegría descendió a mi alma.

¿Y a mis ruegos acudes perezosa
cuando amoroso el corazón te ansía?
Ven a mí, suave luz, nocturna, hermosa
hija del cielo, ven: ¡por qué tardía!

 

 

 

La rosa blanca

¿Cuál de las hijas del verano ardiente, 
cándida rosa, iguala a tu hermosura, 
la suavísima tez y la frescura 
que brotan de tu faz resplandeciente? 

La sonrosada luz de alba naciente 
no muestra al desplegarse más dulzura, 
ni el ala de los cisnes la blancura 
que el peregrino cerco de tu frente. 

Así, gloria del huerto, en el pomposo 
ramo descuellas desde verde asiento; 
cuando llevado sobre el manso viento 

a tu argentino cáliz oloroso 
roba su aroma insecto licencioso, 
y el puro esmalte empaña con su aliento.

 

 

 

Nada resta de ti...

Nada resta de ti..., te hundió el abismo...,
te tragaron los monstruos de los mares...
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.

Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.

Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
¡es la maldad más grande de la suerte!...

 

 

 

¡Oh, cuál te adoro!

¡Oh, cuál te adoro! Con la luz del día
tu nombre invoco, apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.

Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se encuentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.

No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando mi amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;

tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.