manosalarte.com

Juan Pablo Forner,

poesias cortas

 


PARA MANDAR VUESTRAS POESIAS PINCHA AQUI

0    1   2   3   4   5   6   7    8  9  10   11   12   13   14  15  16  20  21    24    Poesias cortas 2010    Poesias cortas 2010_2    Poesias cortas 2010_3
    Poesias cortas 2010_4    Poesias cortas 2010_5    Poesias cortas 2010_6   Poesias cortas_7    Poesias cortas_8    Poesias cortas_9    Poesias cortas_10    Poesias cortas_11    Poesias cortas_12    Poesias cortas_13    Pogsias cortas_14   Poesias cortas_15   Poesias cortas_16   Poesias cortas_17   Poesias largas   Videos de poesias cortas   Poeias Angelita    Poesias largas   Videos de poesias cortas   Poesias Angelita    poesias cortas_18   poesias cortas_19   poesias cortas_20   poesias cortas_21    Adivinanzas    Poetas y poesias dominicanos    poesias cortas 22    poesias cortas 23    Poemas desde New York   Dia del padre en los Estador Unidos  Dia Internacional de la amistad   Poesias de Navidad    Cuentos de Navidad    Poesias en Castellano       Poesias de Mexico       Poesias de Mexico       Poesias USA       Poesias de Canadá   

Volver a Inicio Home

Juan Pablo Forner

 

A Filis, enferma de la garganta...

Amor, Filis mía,
que enojado vio
la dureza ingrata
de tu corazón,
vibrando la flecha
con nuevo rigor,
herirte dispuso,
mas, ¡ay!, no acertó.
Al pecho asestaba,
y el vibrado arpón
tocó tu garganta,
y en mi pecho dio.
Tú libre quedaste;
yo, herido de amor;
¡Oh, qué dulce hierro,
si hiriera a los dos!

Tu garganta airosa,
donde de tu sol
ondean las hebras
que el oro envidió,
lastimada apenas
del golpe veloz,
del robusto niño
percibió el ardor;
percibióle sólo;
padézcole yo,
herido, abrasado
de impía pasión.
Tú de Amor te burlas,
yo sufro su error;
¡Oh, qué dulce hierro,
si hiriera a los dos!

Tímidos deseos,
que, afable, animó
de tus ojos gratos
el vivo esplendor,
de estar a tu lado
diéronme ocasión;
¡momento dichoso,
si acertara Amor!
De su arco invencible
yo el juguete soy,
pudiendo su tiro
doblar el traidor.
Retiró la mano,
sin ver dónde hirió.
¡Oh, qué dulce hierro,
si hiriera a los dos!

Ay, niña adorable,
no te enojes, no,
si en ruegos exhalo
mi amarga aflicción:
que en esta venganza
que Amor meditó,
a mí fué la herida,
y a ti la intención.
Amar tu debieras
como amando estoy,
y ya me contento
con tu compasión.
Por mí de Cupido
burlas el rigor.
¡Oh, qué dulce hierro,
si hiriera a los dos!

 

 

 

A Lucinda, en el fin de año 

¡Qué importa que ligera 
la edad, huyendo en presuroso paso, 
mi vida abrevie en la callada huida, 
si cobro nueva vida 
cuando en las llamas de tu amor me abraso, 
y logro renacer entre su hoguera, 
como el ave del sol, que vida espera? 

Amor nunca fue escaso, 
¡oh, Lucinda amorosa! 
y aumenta gustos en los pechos tiernos. 
Si el año tuvo fin, serán eternos 
los que goce dichosa 
mi dulce suerte entre tus dulces brazos, 
¡oh mi Lucinda hermosa!, 
brazos con tal blandura, que los lazos 
vencerán de la Venus peregrina, 
cuando, suelto el cabello, 
a Marte desafía 
y al victorioso dios vence en batalla; 
en ellos mi amor halla 
la vida, que en sus vueltas a porfía 
el sol fúlgido y bello 
me lleva en su carrera presurosa, 
¡oh Lucinda amorosa!, 
y en la estación helada, 
cuando su margen despojada enfría 
el yerto Manzanares, 
al año despidiendo con su hielo, 
la lumbre de tu cielo 
dará calor a la esperanza mía, 
ajena de pesares, 
no perdida mi edad, mas renovada, 
por más que el año huya, 
con el calor de la esperanza tuya. 

¡Oh! siempre acompañada 
te goces del deseo que me anima, 
más años que agradable 
flores esparce en la húmeda ribera 
la alegre primavera; 
y nunca el cielo oprima 
la dulce risa de tu rostro hermoso 
con disgusto enojoso, 
permitiendo que goce yo las flores 
(como fiel mariposa 
o cual dorada abeja, que su aliento 
chupa, y en ellas forma su alimento) 
de tus dulces amores, 
¡oh mi Lucinda hermosa! 
Y vuele el tiempo, pues su paso lento 
detiene mi contento, 
detiene torpe su estación tardía, 
que tú me llames tuyo, y yo a ti mía; 
vuele, vuele en buen hora, 
y este año tenga fin, y juntamente 
le tengan otros y otros; y el violento 
curso de Febo, que la tierra dora 
con su madeja ardiente, 
su carrera apresure, 
y tanto, en tanto mi ventura dure, 
cuanto en tu pecho vea 
reinar la llama que mi amor desea. 

Vuelen, vuelen las horas, 
y llévense los días y los años 
en sus vueltas traidoras, 
y llegue el tiempo en que mi amor posea 
tu pecho unido al amoroso mío, 
y la suerte gozosa 
dé fin dichoso al ruego que la envío, 
oh Lucinda amorosa; 
y en tanto los engaños 
de amor tengan tu pecho entretenido 
con deseo, esperanza, 
manjares que alimentan a Cupido. 
¡Oh tardos días de presentes daños! 

Por vosotros alcanza 
su fin cuanto en el mundo es comprendido. 
Pues huid, y dad fin al encendido 
fuego en que mis deseos se alimentan; 
mas, lográndolos luego, 
el paso diligente 
que detengáis os ruego; 
dejad que entonces, pues que ahora cuentan 
siglos los años, yo, mi bien gozando, 
haga siglos los días, 
y tanto dure en las venturas mías, 
cuanto el alegre tiempo dar pudiera 
estación venturosa 
de tu edad a la hermosa primavera, 
oh mi Lucinda hermosa.

 

 

 

Desordenado en desaliño airoso...

Desordenado en desaliño airoso 
al bullicioso céfiro permite 
Nisa el cabello, porque no limite 
su nativo esplendor lazo industrioso.

Velo sutil sobre su pecho hermoso
al gusto esconde lo que al gusto incite; 
ni tanto que el tesoro facilite, 
ni tanto que de él dude el ojo ansioso.

Así en traje sucinto reclinada
en alcatifa generosa yace 
su gentileza y gala peregrina; 

así la halla Cendón y la taimada
del necio que su pompa satisface 
cobra el oro, y a Alexi lo destina.

 

 

 

Epitafio

Aquí yace Jazmín, gozque mezquino, 
que sólo al mundo vino 
para abrigarse en la caliente falda 
de madama Crisalda, 
tomar chocolatito, 
bizcochos y confites, 
el pobre animalito, 
desazonar visitas y convites, 
alzando la patita 
para orinar las capas y las medias 
con audacia maldita, 
ladrar rabiosamente 
al yente y al viniente, 
ir en coche a paseos y comedias 
y ser martirio eterno de criados, 
por él o despedidos o injuriados 
con furor infernal y grito horrendo.

Si inútil fue y aborrecible bicho, 
y petulante y puerco y disoluto, 
culpas no fueron suyas, era bruto; 
educóle el capricho 
de delicia soez con estupendo 
horror de la razón; naturaleza 
no le inspiró tan bárbara torpeza. 
Los que en la tierra al Hacedor retratan, 
sus hechuras divinas desbaratan, 
corrompen y adulteran. 
Los vicios de Jazmín, de su ama eran.

 

 

 

Madrid

Esta es la villa, Coridón, famosa 
que bañada del leve Manzanares 
leyes impone a los soberbios mares 
y en otro mundo impera poderosa. 

Aquí la religión, zagal, reposa
rica en ofrendas, fértil en altares; 
en las calles los hallas a millares; 
no hay portal sin imagen milagrosa. 

Y por que más la devoción entiendas
de este piadoso pueblo, a cada mano 
ves presidir los santos en las tiendas. 

Y dime, Coridón, ¿es buen cristiano
pueblo que al cielo da tantas ofrendas? 
Eso yo no lo sé, cabrero hermano. 
  
 

 

 

Pequeñez de la grandeza humana

Salgo del Betis a la ondosa orilla 
cuando traslada el sol su nácar puro 
al polo opuesto, y en el cielo oscuro 
la luna ya majestüosa brilla. 
Entre la opaca luz su honor humilla 
la soberbia ciudad y el roto muro 
que, al rigor de los siglos mal seguro, 
reliquia funeral, ciñe a Sevilla. 
Pierde la sombra su grandeza ufana; 
la altiva población y sus destrozos 
lúgubres se divisan y espantables. 
Fía, Licino, en la grandeza humana; 
contémplala en la noche de sus gozos, 
y los verás medrosos, miserables.